Cannes 07
Diario del festival (Día 4) - Los contrastes de Michael Moore, los Coen y Kim Ki-duk
Diego Batlle, desde Cannes
El inefable director de Fahrenheit 9/11 se metió de incógnito en Cuba, los creadores de Fargo incursionan en el western, el realizador de Hierro-3 retoma su lirismo visual y alegórico, mientras Bono y compañía promocionan un documental sobre U2. Una jornada de fuertes contrastes y predominio norteamericano
Desde hoy y hasta dentro de bastante tiempo leerán, escucharán y verán un montón de cosas sobre Sicko, el nuevo documental de Michael Moore, que esta vez la emprende contra el inhumano y muy elitista sistema de salud (privado) de su país.
No me voy a extender sobre la película (más honesta, menos egocéntrica, más íntima, igual de demagógica y de divertida), ya que acabo de enviar un largo despacho para La Nación, pero bien vale retomar el fenómeno que el gordito de gorra genera en Francia. Premiado en Cannes incluso con la Palma de Oro, convertido en pasión de multitudes, él se debe a su público y compara la realidad sanitaria de los Estados Unidos con... la francesa (también la inglesa y la canadiense). Estamos ante un genio de las relaciones públicas, del marketing, del escándalo, de la política. Y, debo confesarlo desde que lo empecé a seguir con el ciclo televisivo La verdad incómoda, un documentalista que, más allá de sus manipulaciones y deshonestidades intelectuales, me puede. Su cine me divierte, me entretiene y su (in)corrección política me termina atrapando. Aquí, por supuesto, le pegó a todo el mundo, incluida la presidenciable Hilary Clinton, y aprovechó la persecución de la administración Bush por haber ido a Cuba para auto victimizarse.
Otros que se reinvidicaron son los Coen. Su No Country for Old Men, basado en un relato del cotizadísimo Cormac McCarthy (reciente premio Pulitzer), los vuelve a las mejores épocas de Fargo, aunque el resultado no es del todo redondo y su mirada sobre los mexicanos (transcurre en 1980, en la zona fronteriza con Texas) es, como mínimo, miserable. El resultado es tan desparejo como divertido, con un humor negro y unos diálogos excepcionales.
También está llena de ideas Breath, la nueva película del coreano Kim Ki-duk. La relación pasional entre una esposa frustrada y un condenado a muerte tiene momentos de logrado lirismo y otros en que la grasa chorrea en pantalla. El film -en el que el protagonista no habla- tiene muchos logros de puesta en escena y algunos puntos en común con Hierro-3. La vimos con Luciano Monteagudo en la función de gala y la ovación duró no menos de 10 minutos. Un auténtico crowd-pleaser que le permitió a Kim terminar el maleficio: recién con su décimocuarto largometraje llegó a la competencia oficial de Cannes.
Me voy despidiendo. La gripe que importé desde Buenos Aires se resiste a abandonarme y hasta tengo algunas líneas de fiebre. El rigor y el estrés cannois no son la mejor manera de combatir un virus, pero hay que seguir. Hasta la próxima.
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