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     Miércoles | 22.05.13
 
 
 
BESOS ROBADOS, por Marina Yuszczuk

La vida acuática

Amante de la natación y el buceo, nuestra nueva columnista propone un texto autobiográfico y vinculado con el ciclo ¡Splash! Películas con agua que ha programado en junio para el MALBA.

Después de muchos años de practicar natación, y que la natación me abriera un mundo de cosas nuevas que se podían hacer con el cuerpo -la primera, perderle el miedo a flotar en la parte “honda”-, no me acuerdo bien cómo ni por qué, me decidí a hacer un curso de buceo. No tenía idea de si realmente me iba a gustar; las fantasías son estimulantes pero una cosa es ver Azul profundo, de Luc Besson, con sus azules mediterráneos y sus delfines, y otra muy diferente es ponerse un equipo super incómodo, ajustado, pesado, cargar tanques y cinturones de plomo, tirarse en pleno invierno a un mar argentino con temperaturas de cinco o siete grados y dejar de sentir los pies a los pocos minutos. Sin embargo me encantó el curso, me encantó el buceo de bautismo, me encantó el buceo y, todavía mucho más que la natación, me volvió a abrir un mundo más amplio que esta vez incluyó al cine. Porque por esa época yo estaba saliendo con un chico que estudiaba cine (y que de vez en cuando compraba una revista llamada El Amante, casi desconocida para mí en la Bahía Blanca de escasa cinefilia en la que entonces vivía), y alquilábamos muchas películas.

Entonces fue natural que durante el curso de buceo, mientras leía manuales y estudiaba procedimientos de descompresión, yo empezara a mirar películas con agua, con buceo, con barcos: Azul profundo, por supuesto, y después El abismo y Titanic, y Capitán de mar y guerra, pero también otras más catastróficas como Poseidón, Tiburón y La tormenta perfecta. Incluso algunas de buzos en peligro como Mar abierto, y otras tan poco cool como Guardianes de alta mar que homenajea, Ashton Kutcher y Kevin Costner mediante, a los nadadores de rescate de la guardia costera norteamericana (sé de memoria la canción de Bryan Adams, la escuché miles de veces). Y después documentales, empezando por los de James Cameron y continuando por cualquier cosa sobre buceo, pesca y navegación que encontrara por ahí. Los criterios cinematográficos no importaban en absoluto, porque yo no era crítica de cine pero sobre todo porque había algo demasiado vital en la elección de esas películas, que no tenía nada que ver con la calidad. Y qué feliz es esa forma de la inocencia, cuando uno se relaciona libremente con las películas sin saber ni preguntarse nunca si son buenas o malas, si son importantes, si quedaría más o menos elegante decir que nos gustan esas películas en cualquier tribu de cinéfilos.

No es que pensara en películas mientras buceaba, todo lo contrario. Sería un desperdicio viajar hasta una playa lejana, subirse a un barco que te lleve hasta un sitio de buceo y bajar hasta el fondo del mar sólo para estar pensando en otra cosa. Al contrario, el buceo (tanto como la natación) siempre me pareció un momento de desconexión profunda con todo lo que no sea lo que estás haciendo. Es un momento para mirar lo poco o mucho que pueda haber alrededor -y en los mares argentinos, seamos sinceros, no hay mucho- pero también para sentir con todo el cuerpo esa experiencia de ser ingrávido, ligero, de moverse con comodidad y respirar en un lugar que normalmente nos está vedado. Y también para escuchar el silencio, que es una parte fundamental de estar ahí, verdaderamente en otro mundo. Cuando buceaba no pensaba en nada: percibía. Pero después, cuando esas aventuras se convierten en relatos o recuerdos, sí se puede pensar. Y como soy escritora, además de que en ese momento ya había terminado mi licenciatura en Letras y cursaba el doctorado (con una tesis sobre poesía que terminé el año pasado), yo pensaba y escribía. Pensaba en el agua, en el mar. En el mar en su aspecto simbólico pero antes que nada como materia que posibilita una experiencia distinta con el cuerpo.

Por esa época decidí mudarme a Buenos Aires y el buceo (¡que también es un deporte carísimo!) se fue alejando, pero en esta ciudad encontré una actividad tan inmersiva como esa, que en Bahía Blanca sólo había despuntado: la de ir al cine. Fui mucho, muchísimo al cine, y leí sobre cine, y hablé con amigos nuevos sobre cine. Y empecé a pensar mucho en esas películas que había visto mientras aprendía a bucear. Yo me preguntaba, como uno puede preguntarse en cualquier momento, ¿por qué complementar la vida con historias? ¿Qué dimensiones nuevas nos agregan? Porque hacer buceo y ver películas sobre el mar se convirtieron en parte de lo mismo, en una red invisible que se fue tejiendo casi sin querer entre esa cosa de bajar hasta el fondo del océano y esa otra de meterse en una sala de cine. Nunca me pareció que la palabra “espectador” fuera muy precisa para nombrar lo que a uno le pasa cuando ve películas: ver, en el cine, es tener una experiencia que es sensorial antes que nada, y que por ese lado conecta con el buceo. En los dos casos, sumergirse en la sala o en el agua y entregarse a lo que pueda pasar ahí tiene que ver con estar dispuestos -nos demos cuenta o no- a que la experiencia nos cambie.

Por eso, y aunque este sea un aspecto que a veces queda oculto o que directamente queda afuera cuando alguien escribe profesionalmente sobre películas, creo que el cine es una experiencia erótica. Creo, sé, que lo que a mí me pasó con el buceo le pasa a otras personas con sus películas preferidas, o con su tipo de películas preferidas. Que muchas veces no se pueden clasificar por género, o son rotundamente inclasificables desde criterios que tengan que ver con la historia o la crítica: películas con tal o cual actor, películas con animales, o con casas embrujadas, o con detectives, o con Claudia Cardinale, o con autos, o con trajes de época, o con enanos, o en blanco y negro, o con monstruos o cerebros sangrantes. Las que elegimos con el estómago son esas películas que nos proponen mundos totalmente deseables, pero deseables para nosotros y tal vez nadie más, por razones que solamente nosotros conocemos. O ni siquiera. Y ni siquiera mundos: a veces basta con detalles, cositas, trazos mínimos. A veces uno no recuerda nada de una película salvo -me pasó con Sei donne per l´assasino, de Mario Bava- un teléfono rojo. La historia filmada por Bava (aunque lo que estoy diciendo desmiente la pertinencia de decir “la historia”, cuando se trata del cine), de asesinatos a mujeres vinculadas al mundo de la moda, se vuelve totalmente deseable por sus colores pop, en los labios de las víctimas, en el decorado. Cuando la sangre es tan colorada, y no bordó ni roja oscura ni apaciguada por el blanco y negro, la película cambia: se vuelve esa sangre colorada.

De la misma manera hay películas que impresionan (literalmente) por sus colores o texturas: me gusta sentir la tierra en los westerns de Sergio Leone y me gustó El cisne negro -lo entendí después- por la forma en que redefine el rosa, lo ensucia, lo mezcla con un poco de verde y mucho negro. De Criatura de la noche: vampiro me enloqueció la nieve, la más leve y pacífica que pueda imaginarse (pero que en un momento se llena, violenta, de sangre), y de En la Luna (Moon), la profunda melancolía de una superficie lunar gris polvorienta por la que pasa un camioncito que parece de juguete. Esas cosas son, para mí, besos robados: lo más vital del cine, lo más secreto -casi que a veces da algo de vergüenza contarlo, de tan íntimo- pero a la larga, lo único que verdaderamente importa. Esos pedazos que uno le roba a las películas y los pega en su vida, en privado, en silencio, sin mediaciones (porque ahí no existen ni la crítica ni el cine como objeto de intercambio social, sólo la biografía). Besos furtivos que les robamos a las películas, y podemos seguir adelante sin que nadie lo sepa, llevándolos encima. Ahí, el verdadero amo y señor es el que mira: ese es el modo de sustraer el cine a la valoración social, a esa cosa insidiosa aunque entretenida de las “opiniones”.

Cuando Fernando Martín Peña -uno que sabe de caprichos y pasiones cinematográficas- me invitó a armar un ciclo en el MALBA, lo primero que se me vino a la mente como tema fue casi obligatorio: películas con agua. Con una idea muy difusa todavía, me sumergí en una base de datos gigante, de miles (literalmente miles) de películas, para pescar unas cuantas que tuvieran que ver con mi tema. Así fueron apareciendo películas nuevas, pero sobre todo películas que ya había visto -incluso más de una vez- sin mirar ciertos detalles, de modo que esas también se convirtieron en películas nuevas. Me gustó preguntarme por ejemplo cómo es el agua en la que quizás es la escena más citada y revisitada de la historia del cine: el asesinato en la ducha de Psicosis, y pensé que agregando el comienzo de Frenzy –con ese cuerpo que aparece flotando en un río dudosamente limpio- y un par de películas más, se podía escribir todo un artículo sobre el agua en Alfred Hitchcock. Entonces empecé a soñar con un libro, o muchos libros, que contaran la historia del cine pero no como se supone que es “en sí misma” (aunque eso claramente no existe) sino mirada por alguien. Un poco como hizo Barthes con la fotografía en uno de sus mejores libros, La cámara lúcida, que tiene más de novela de Proust que de tratado teórico. Eso para el futuro; por lo pronto este mes pienso ir mucho al MALBA para reencontrarme con esas películas ahí donde más se disfrutan: en el cine. Espero que muchos hagan lo mismo.

Aquí se puede ver la programación del ciclo ¡Splash! Películas con agua curado por Marina Yuszczuk


 
Martina cinéfila | 04.06.12 - 18:03:16 hs.
Hermosa columna, íntima, apasionada, caprichosa (en el mejor sentido) y al mismo tiempo muy cinéfila. Yo también soy amante del agua -y del cine- así que me siento muy idenfificada con el texto.

Me alegro que te hayas sumado como columista y critica fija de Otros cines, ya que te sigo desde la época de El amante, donde lei muchoas cosas copadas tuyas, aunque siento que nunca te dieron el espacio que te merecías. Ademas, no hay muchas críticas mujeres que se luzcan en nuestro medio: machismo puro porque talento hay.
 
dufo | 04.06.12 - 21:09:49 hs.
Inesperado y muy bello texto. Me parece una sensitiva reflexión acerca de los recónditos caminos subjetivos que nos llevan al cine como alimento esencial de nuestra vida. Se me ocurre que un relato similar de cada uno, de los motivos, que en nuestra historia, nos llevaron a amar al cine, nos sorprenderíamos por la infinita variedad de circunStancias, carencias, esperanzas.....tantas como tambien las infinitas interpretaciones que nos provoca cada pelicula y que a veces con descaro o intolerancia y tambien con amor nos tiramos por la cabeza. Felicitaciones Marina, y que estos escritos se repitan...
 
Ricardo Gómez Grouvier | 05.06.12 - 23:54:57 hs.
Muy lindas tus columnas y criticas en otroscines, en Las 12 y -aunque ahora no lo leo mucho- en el amante, felicitaciones Marina (tu nombre también es acuático)
 
Miguel De Biase | 18.06.12 - 15:31:33 hs.
¿Películas con agua? ¿Me están hablando en serio, ese es el criterio de selección? Con razón cada vez va menos gente al MALBA...
 
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