BESOS ROBADOS, por Marina Yuszczuk
La vida acuática
Amante de la natación y el buceo, nuestra nueva columnista propone un texto autobiográfico y vinculado con el ciclo ¡Splash! Películas con agua que ha programado en junio para el MALBA.
Después de muchos años de practicar natación, y que la natación me abriera un
mundo de cosas nuevas que se podían hacer con el cuerpo -la primera, perderle el
miedo a flotar en la parte “honda”-, no me acuerdo bien cómo ni por qué, me
decidí a hacer un curso de buceo. No tenía idea de si realmente me iba a gustar;
las fantasías son estimulantes pero una cosa es ver Azul
profundo, de Luc Besson, con sus azules mediterráneos y sus delfines, y
otra muy diferente es ponerse un equipo super incómodo, ajustado, pesado, cargar
tanques y cinturones de plomo, tirarse en pleno invierno a un mar argentino con
temperaturas de cinco o siete grados y dejar de sentir los pies a los pocos
minutos. Sin embargo me encantó el curso, me encantó el buceo de bautismo, me
encantó el buceo y, todavía mucho más que la natación, me volvió a abrir un
mundo más amplio que esta vez incluyó al cine. Porque por esa época yo estaba
saliendo con un chico que estudiaba cine (y que de vez en cuando compraba una
revista llamada El Amante, casi desconocida para mí en la Bahía
Blanca de escasa cinefilia en la que entonces vivía), y alquilábamos muchas
películas.
Entonces fue natural que durante el curso de buceo, mientras
leía manuales y estudiaba procedimientos de descompresión, yo empezara a mirar
películas con agua, con buceo, con barcos: Azul profundo, por
supuesto, y después El abismo y Titanic, y
Capitán de mar y guerra, pero también otras más catastróficas
como Poseidón, Tiburón y La tormenta
perfecta. Incluso algunas de buzos en peligro como Mar
abierto, y otras tan poco cool como Guardianes de alta
mar que homenajea, Ashton Kutcher y Kevin Costner mediante, a los
nadadores de rescate de la guardia costera norteamericana (sé de memoria la
canción de Bryan Adams, la escuché miles de veces). Y después documentales,
empezando por los de James Cameron y continuando por cualquier cosa sobre buceo,
pesca y navegación que encontrara por ahí. Los criterios cinematográficos no
importaban en absoluto, porque yo no era crítica de cine pero sobre todo porque
había algo demasiado vital en la elección de esas películas, que no tenía nada
que ver con la calidad. Y qué feliz es esa forma de la inocencia, cuando
uno se relaciona libremente con las películas sin saber ni preguntarse nunca si
son buenas o malas, si son importantes, si quedaría más o menos elegante decir
que nos gustan esas películas en cualquier tribu de cinéfilos.
No es que
pensara en películas mientras buceaba, todo lo contrario. Sería un desperdicio
viajar hasta una playa lejana, subirse a un barco que te lleve hasta un sitio de
buceo y bajar hasta el fondo del mar sólo para estar pensando en otra cosa. Al
contrario, el buceo (tanto como la natación) siempre me pareció un momento de
desconexión profunda con todo lo que no sea lo que estás haciendo. Es un momento
para mirar lo poco o mucho que pueda haber alrededor -y en los mares argentinos,
seamos sinceros, no hay mucho- pero también para sentir con todo el cuerpo esa
experiencia de ser ingrávido, ligero, de moverse con comodidad y respirar en un
lugar que normalmente nos está vedado. Y también para escuchar el silencio, que
es una parte fundamental de estar ahí, verdaderamente en otro mundo. Cuando
buceaba no pensaba en nada: percibía. Pero después, cuando esas aventuras se
convierten en relatos o recuerdos, sí se puede pensar. Y como soy escritora,
además de que en ese momento ya había terminado mi licenciatura en Letras y
cursaba el doctorado (con una tesis sobre poesía que terminé el año pasado), yo
pensaba y escribía. Pensaba en el agua, en el mar. En el mar en su aspecto
simbólico pero antes que nada como materia que posibilita una experiencia
distinta con el cuerpo.
Por esa época decidí mudarme a Buenos Aires y el
buceo (¡que también es un deporte carísimo!) se fue alejando, pero en esta
ciudad encontré una actividad tan inmersiva como esa, que en Bahía Blanca sólo
había despuntado: la de ir al cine. Fui mucho, muchísimo al cine, y leí sobre
cine, y hablé con amigos nuevos sobre cine. Y empecé a pensar mucho en esas
películas que había visto mientras aprendía a bucear. Yo me preguntaba, como uno
puede preguntarse en cualquier momento, ¿por qué complementar la vida con
historias? ¿Qué dimensiones nuevas nos agregan? Porque hacer buceo y ver
películas sobre el mar se convirtieron en parte de lo mismo, en una red
invisible que se fue tejiendo casi sin querer entre esa cosa de bajar hasta el
fondo del océano y esa otra de meterse en una sala de cine. Nunca me pareció que
la palabra “espectador” fuera muy precisa para nombrar lo que a uno le pasa
cuando ve películas: ver, en el cine, es tener una experiencia que es sensorial
antes que nada, y que por ese lado conecta con el buceo. En los dos casos,
sumergirse en la sala o en el agua y entregarse a lo que pueda pasar ahí tiene
que ver con estar dispuestos -nos demos cuenta o no- a que la experiencia nos
cambie.
Por eso, y aunque este sea un aspecto que a veces queda oculto o
que directamente queda afuera cuando alguien escribe profesionalmente sobre
películas, creo que el cine es una experiencia erótica. Creo, sé, que lo que a
mí me pasó con el buceo le pasa a otras personas con sus películas preferidas, o
con su tipo de películas preferidas. Que muchas veces no se pueden clasificar
por género, o son rotundamente inclasificables desde criterios que tengan que
ver con la historia o la crítica: películas con tal o cual actor, películas con
animales, o con casas embrujadas, o con detectives, o con Claudia Cardinale, o
con autos, o con trajes de época, o con enanos, o en blanco y negro, o con
monstruos o cerebros sangrantes. Las que elegimos con el estómago son esas
películas que nos proponen mundos totalmente deseables, pero deseables para
nosotros y tal vez nadie más, por razones que solamente nosotros conocemos. O ni
siquiera. Y ni siquiera mundos: a veces basta con detalles, cositas, trazos
mínimos. A veces uno no recuerda nada de una película salvo -me pasó con
Sei donne per l´assasino, de Mario Bava- un teléfono rojo. La
historia filmada por Bava (aunque lo que estoy diciendo desmiente la pertinencia
de decir “la historia”, cuando se trata del cine), de asesinatos a mujeres
vinculadas al mundo de la moda, se vuelve totalmente deseable por sus colores
pop, en los labios de las víctimas, en el decorado. Cuando la sangre es tan
colorada, y no bordó ni roja oscura ni apaciguada por el blanco y negro, la
película cambia: se vuelve esa sangre colorada.
De la misma manera hay
películas que impresionan (literalmente) por sus colores o texturas: me gusta
sentir la tierra en los westerns de Sergio Leone y me gustó El cisne
negro -lo entendí después- por la forma en que redefine el rosa, lo
ensucia, lo mezcla con un poco de verde y mucho negro. De Criatura de la
noche: vampiro me enloqueció la nieve, la más leve y pacífica que pueda
imaginarse (pero que en un momento se llena, violenta, de sangre), y de
En la Luna (Moon), la profunda melancolía de una superficie
lunar gris polvorienta por la que pasa un camioncito que parece de juguete. Esas
cosas son, para mí, besos robados: lo más vital del cine, lo más secreto -casi
que a veces da algo de vergüenza contarlo, de tan íntimo- pero a la larga, lo
único que verdaderamente importa. Esos pedazos que uno le roba a las películas y
los pega en su vida, en privado, en silencio, sin mediaciones (porque ahí no
existen ni la crítica ni el cine como objeto de intercambio social, sólo la
biografía). Besos furtivos que les robamos a las películas, y podemos seguir
adelante sin que nadie lo sepa, llevándolos encima. Ahí, el verdadero amo y
señor es el que mira: ese es el modo de sustraer el cine a la valoración social,
a esa cosa insidiosa aunque entretenida de las “opiniones”.
Cuando
Fernando Martín Peña -uno que sabe de caprichos y pasiones cinematográficas- me
invitó a armar un ciclo en el MALBA, lo primero que se me vino a la mente como
tema fue casi obligatorio: películas con agua. Con una idea muy difusa todavía,
me sumergí en una base de datos gigante, de miles (literalmente miles) de
películas, para pescar unas cuantas que tuvieran que ver con mi tema. Así fueron
apareciendo películas nuevas, pero sobre todo películas que ya había visto
-incluso más de una vez- sin mirar ciertos detalles, de modo que esas también se
convirtieron en películas nuevas. Me gustó preguntarme por ejemplo cómo es el
agua en la que quizás es la escena más citada y revisitada de la historia del
cine: el asesinato en la ducha de Psicosis, y pensé que
agregando el comienzo de Frenzy –con ese cuerpo que aparece
flotando en un río dudosamente limpio- y un par de películas más, se podía
escribir todo un artículo sobre el agua en Alfred Hitchcock. Entonces empecé a
soñar con un libro, o muchos libros, que contaran la historia del cine pero no
como se supone que es “en sí misma” (aunque eso claramente no existe) sino
mirada por alguien. Un poco como hizo Barthes con la fotografía en uno de sus
mejores libros, La cámara lúcida, que tiene más de novela de Proust que de
tratado teórico. Eso para el futuro; por lo pronto este mes pienso ir mucho al
MALBA para reencontrarme con esas películas ahí donde más se disfrutan: en el
cine. Espero que muchos hagan lo mismo.
Aquí se puede ver la programación del
ciclo ¡Splash! Películas con agua curado por Marina Yuszczuk
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