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     Lunes | 15.09.14
 
 
 
DESDE EUROPA, por Manu Yáñez Murillo

Las relaciones entre los films que vemos y nuestra vida

Nuestro columnista catalán regresó a Barcelona luego de vivir 6 meses en Nueva York y relaciona esta transición con tres clásicos de Jean Renoir, de Peter Weir y de Rainer Werner Fassbinder que disfrutó a ambos márgenes del Atlántico.

Entre los últimos días de 2010 y los primeros de 2011, tuve la oportunidad de saldar varias cuentas pendientes con mi descompensada y fragmentaria cinefilia. Fueron días de cambios (regresé a Barcelona después de pasar seis meses en Nueva York) en los que volví a comprobar, en todo su apogeo, aquel misterioso mecanismo que nos lleva a vernos continua y oportunamente reflejados en las películas que vemos. Un asunto que suele poner en jaque mi tendencia al escepticismo. De hecho, mi costado racionalista, aquel con el que me gusta identificarme, defiende que se trata de una simple cuestión de psicología asociativa: veo unas imágenes y mi cerebro las filtra poniéndolas en relación con mi realidad. Sin embargo, mi lado “creyente”, aquel que desearía aceptar la existencia de los milagros, no puede dejar de presentir una relación casi esotérica entre el cine y la vida.

En esta ocasión, dicha sincronía se estableció entre las transiciones que conformaban mi día a día (el cambio de año, el traslado intercontinental) y una serie de imágenes, testimonios de distintas transformaciones, desperdigadas por una serie de deslumbrantes monumentos cinematográficos. La más poderosa de todas estas revelaciones me asaltó durante la proyección, en la Film Society del Lincoln Center, de la copia restaurada de The River (1951), de Jean Renoir. Resulta casi una tortura tener que escoger entre las muchas secuencias memorables que conforman esta obra total -una oda a la belleza del mundo natural y la fisonomía humana, un complejo estudio acerca del mestizaje cultural, y, en última instancia, un trascendente acercamiento a los indescifrables enigmas de la vida y la muerte-. Sin embargo, puestos a elegir, me quedo con una escena empapada de la turbia melancolía que acompaña la entrada en la edad adulta de uno de los personajes del film. La transformación vital como tumulto emocional que desvela su alarmante evanescencia situado cara a cara con la inmutable naturaleza. Me refiero al momento del beso entre la revoltosa e impetuosa Valerie (Adrienne Corri) y el herido Capitán John (Thomas E. Breen). En un instante irrepetible, protagonizado por un travelling y una lágrima deslizándose por la mejilla de la joven, Renoir consigue encapsular no sólo el pantanoso itinerario de la pubertad, sino, sobre todo, la consciencia de un final: el del brillo sublime del amor platónico.

La de Renoir fue la última película que vi en 2010, mientras que la primera de 2011 fue Picnic at Hanging Rock / Picnic en las rocas colgantes (1975), del australiano Peter Weir, otra vieja deuda pendiente. Quiso la casualidad (?) que el inicio del nuevo año cinéfilo, ya sobre territorio catalán, fuera un vivo reflejo del final de tránsito neoyorquino. Casi como una sustanciosa nota al pie del film de Renoir, la película de Weir profundiza en la crucial transición entre la ingenuidad propia de la infancia y el torbellino sentimental y hormonal que suele acompañar a la adolescencia. En este caso, es de nuevo un director, un hombre, el que observa la transformación de un grupo de niñas/chicas que dan sus primeros pasos más allá de la edad de la inocencia. Además, en el corazón de esta película sensual y perturbadora, volví a encontrar una imagen capaz de condensar los inciertos y torrenciales entresijos del despertar sentimental y sexual. Una estampa de enorme fuerza simbólica fijada, de nuevo, sobre el rostro femenino (el de la bellísima Anne-Louise Lambert), cuya expresión manifiesta la entrega a un ardiente, hechizante y nunca aclarado impulso liberador. Una melodía invisible que conduce a la protagonista, junto a dos de sus amigas, a ese limbo perdido que es la cumbre de la formación volcánica conocida como Hanging Rock. Un lugar del que (dos de ellas) nunca regresarán. Del naturalismo exuberante de Renoir a los destellos oníricos de Weir, los tránsitos de juventud no dudan en cobrarse sus víctimas.

Por último, rematé mi regreso a Barcelona de la mano de uno de los mayores pecados de mi cinefilia: mi gran desconocimiento de la obra de Rainer W. Fassbinder. Dispuesto a remediar dicha carencia, me sumergí en el tempestuoso vendaval de Las amargas lágrimas de Petra von Kant (Die bitteren Tränen der Petra von Kant, 1972). Y, de hecho, reafirmándome en mi paranoia persecutoria, volví a tropezar con un estudio, en esta ocasión, melodramático, teatral y en clave kitsch, de las transiciones emocionales/ existenciales como sino de la psicología humana. Nuevamente, un hombre (Fassbinder) fascinado por el universo femenino, representado aquí por una mujer madura y temperamental, atormentada por su rotundo inconformismo, su abuso de la autonegación y su predisposición al fatalismo. En el fondo, una clarividente y desoladora radiografía de las contradicciones humanas.

En conclusión, podría decirse que, entre un océano de despedidas y nuevos comienzos, encontré en las miradas de estos tres cineastas una valiosa lección acerca de la necesidad del cambio como motor del crecimiento, como resorte privilegiado de la aventura: la prueba definitiva de nuestro pulso con la vida. Una enseñanza ideal para iniciar con optimismo el nuevo año.


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Peacock | 07.02.11 - 19:11:18 hs.
Manu, hay una parte que no entendí.
Qué es eso que llamás "la propia vida"?

Saludos desde Buenos Aires
 
Manu Yáñez | 08.02.11 - 13:14:16 hs.
¡Peacock!

Lo de "la propia vida", formulado de esta manera, creo que sólo aparece en el título del texto, que no es el que yo propuse. Entiendo que donde dice "la propia vida" podría decir "nuestra vida".

En el texto hablo de "mi vida" en referencia a los cambio que "viví" en los últimos días de 2010 y los primeros de 2011. Y sobre cómo esos cambios se vieron reflejados de forma "misteriosa", "casi esotérica", en las películas que vi justamente en esas fechas.

No sé si acabo de entender bien tu pregunta, aunque me dejó preocupado :-) ¿Será que cada vez escribo peor?

Fuerte abrazo!!!!
Manu
 
Diego Batlle | 08.02.11 - 13:21:53 hs.
Sí, el feo título fue culpa mía. Así que al menos ahora lo cambié a "nuestra vida". Sorry.

Tranquilo, Manu, que tus columnas se entienden y están muy bien escritas, abrazos
 
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