DESDE EUROPA, por Manu Yáñez Murillo
(Desde NYC) Las paradojas de la película sobre Facebook
Red Social, notable film de David Fincher, es un retrato sobre
la soledad, un cuento moral sobre el precio de la avaricia.
(Atención: Este texto revela ciertos detalles de la trama)
Paradoja Nº 1: The Social
Network, la película sobre Facebook -una red social
formada por millones de “amigos”-, es una película sobre el final de la amistad.
No resulta fácil esquivar la tentación de calificar The Social
Network como “una película de nuestro tiempo”. Como entusiasta miembro
de Facebook, no puedo negar que aporté al visionado de la
película un grado extra de épica: la emoción de asistir al relato fundacional de
uno de los vértices de mi quehacer cotidiano. Sin embargo, pasada la
efervescencia inicial post-visionado, la película de David Fincher (director) y
Aaron Sorkin (guionista) empezó a desvelar sus raíces, su verdadera cara. Más
adelante me centraré en el clasicismo formal de la propuesta, pero de momento me
gustaría bucear en sus motivaciones temáticas y su comentario social.
De
partida, cabe decir que The Social Network retrata la elegíaca
odisea vivida por Mark Zuckerberg: el chico que inventó
Facebook y que, por el camino, perdió a su mejor amigo.
Zuckerberg, interpretado con eficiencia por Jesse Eisenberg (la marioneta
perfecta para los vertiginosos diálogos de Sorkin), se erige en representante de
la gran aristocracia huérfana de nuestro tiempo: un genio formado en Harvard,
sin raíces rastreables -la película se encarga de no desvelar nada acerca de su
pasado-, que termina convertido en el “chico de oro” de una nueva nación,
Internet, ansiosa por coronar a su realeza.
Por el camino, este joven
aprendiz de Gatsby, o de Charles Foster Kane, deberá hacer frente a los heridos
miembros de la vieja nobleza, representada por los hermanos Winklevoss
(interpretados, ambos, por Armie Hammer), que denunciarán a Zuckerberg por
violación de la propiedad intelectual -de hecho, la película aclara que este
nuevo Bill Gates inventó Facebook mediante el
“perfeccionamiento” de la idea de los Winklevoss-. A la postre, el triunfo de
Zuckerberg (en el fondo, su vendetta personal contra el mundo) confirmará la
preeminencia de su imperio nerd: un reinado en el que el talento informático
sustituye al prodigio físico, en el que la cotización en bolsa cuenta más que el
prestigio académico o institucional, y en el que el número de amigos de
Facebook es el verdadero termómetro del éxito social.
De
entre todas estas batallas de egos y rencores, la que sirve de hilo conductor y
núcleo dramático de la acción es la que conecta a Zuckerberg con su mejor amigo,
Eduardo Saverin (interpretado con determinación y emoción por Andrew Garfield,
el próximo Hombre Araña). Una amistad corrompida por la envidia y por la no
menos relevante presencia del fascinante y mefistofélico personaje de Sean
Parker (un magnífico Justin Timberlake, que sabe transmitir su aura de estrella
pop a la figura del creador de Napster). Un enfrentamiento a
tres bandas perfectamente modulado por el guión de Sorkin, que disección con
claridad la trágica condición de estos chicos: jóvenes a los que se les permite
jugar con armas de adulto gracias a los millones de dólares amasados en el mundo
de las vertiginosas finanzas del e-business. De algún modo, su juventud es su
condena, lo que los convierte en figuras todavía más trágicas que las de Kane y
Jedediah Leland enEl Ciudadano (1941) o las de Noodles y Max
en Erase una vez en América (1984).
Paradoja Nº 2: Siendo una
película ambientada en el mundo de la tecnología y rodada en formato digital,
The Social Network luce como un film de corte más bien clásico.
Hoy en día, resulta difícil cruzarse con una película de Hollywood que
no apele al universo estético implantado por la tecnología digital. De hecho, el
hermanamiento de la pantalla cinematográfica con la de los ordenadores se ha
convertido en una suerte de lugar común: las películas están llenas de
confesiones vía web-cam, e-mails, videos de YouTube... En este
contexto, no hubiese sido extraño que David Fincher, el chico prodigio de la era
digital, hubiese convertido The Social Network en un terreno
para la experimentación multimedia (una posibilidad sí explotada en el arranque
del sensacional trailer del film: ver aquí). Nada más lejos de la realidad. Más allá
de algunos planos de pantallas en el arranque del film -cuando Zuckerberg
despotrica de su novia en su blog y pone en práctica su primer mini-proyecto
web- y del uso de la pirotecnia digital para reunir en un mismo plano a los
hermanos interpretados por Armie Hammer, una necesidad narrativa, The
Social Network parece aposentarse en los métodos y texturas del modelo
clásico. En conjunto, parece un objeto casi anacrónico, con la notable excepción
de la extraordinaria y magnética partitura electrónica compuesta por Trent
Reznor y Atticus Ross, ambos de Nine Inch Nails.
No deja de sorprender
que en la película de Facebook no haya casi ningún plano de los
célebres “muros”, “grupos” y convocatorias de “eventos” de la red social.
Aunque, en realidad, la elegante austeridad de la apuesta de Fincher, todavía
más contenida que la de Zodíaco (2007), forma una alianza
perfecta con el majestuoso trabajo de escritura de Aaron Sorkin, creador de un
referente de la pequeña pantalla como The West Wing y de la muy
reivindicable Studio 60 on the Sunset Strip. Basado en la obra
literaria de no-ficción The Accidental Billionaires, de Ben
Mezrich, el guión de Sorkin perfila con todo lujo de detalle el background
cultural y las aspiraciones sociales de sus personajes, echando mano de sus
características baterías de diálogo -a ratos, el film parece una screwball
dramedy-.
Mientras, a nivel estructural, la película se construye a
partir de flash-backs, tomando como eje del relato las audiencias preliminares
de las demandas a las que se enfrenta Zuckerberg (por parte de los Winklevoss y
su amigo Eduardo Saverin). Así, la fuerza dramática de la narración, la fluidez
de su estructura en varios tiempos, su humor descarado (al borde del cinismo) y
el preciso desarrollo psicológico de los personajes hacen pensar tanto en
Shakespeare como en Welles o Griffith. Podría aventurarse que The Social
Network es un objeto del siglo XXI, forjado con las herramientas
cinematográficas del siglo XX y cimentado sobre una herencia literaria anterior
-como apunta con acierto Manhola Dargis en su crítica de The New
York Times, la sombra de Balzac planea sobre toda la
película-.
Finalmente, para dilucidar las claves del prodigioso trabajo
de Fincher, cabe atender al modo en que el director consigue trasladar a las
imágenes la rítmica emocional del texto de Sorkin. Funcionando como las
sensibles agujas de un electrocardiógrafo, el montaje se entrecorta y los planos
adquieren una fuerza cinética en los pasajes más excitantes de la acción -el
objetivo es certificar la velocidad del éxito de Zuckerberg y, en la
secuencia/videoclip de la regata a remos, manifestar la fuerza física de la
antigua nobleza-. Mientras, en los momentos cruciales del relato, cuando la
confianza y la amistad de los protagonistas se resquebraja, el trabajo de
edición y puesta en escena se concentra de forma pausada, generando el espacio y
tiempo suficientes para que el drama adquiera su justa
resonancia. En conjunto, la película muestra a un cineasta en la
cumbre de su inteligencia formal, algo que puede tener mucho que ver con la
familiaridad con la que Fincher maneja el material narrativo. De hecho, como
en El club de la pelea (1999) o
Zodíaco, y a diferencia de la menor El curioso
caso de Benjamin Button (2008), aquí Fincher trabaja en el marco
de un universo marcadamente masculino -de hecho, la película pone de manifiesto
el machismo imperante entre cierta juventud norteamericana-. Un mundo de hombres
(o más bien chicos) adeptos a la rivalidad y abocados al limbo que se abre entre
la sed de victoria y un perenne estado de frustración.
Paradoja Nº 3: El marketing de The Social
Network bebe (y alimenta) la mitología de Facebook,
mientras la película critica de forma indirecta su faceta más
alienante.
No es la primera vez que el marketing de una película juega
con la ambivalente relación entre el film y el tema que aborda. Sin ir más
lejos, la reciente secuela de Wall Street crítica abiertamente
el actual sistema financiero al tiempo que se sirve y ensalza la dimensión
mítica del personaje de Gordon Gekko, el “villano” del film de 1987, convertido
en el ídolo de varias generaciones de brokers. En cuanto a The Social
Network, si bien es cierto que durante su tramo inicial la película se
apropia de esa euforia juvenil inherente al funcionamiento de
Facebook (la alegría de ser “aceptado” por un amigo o un
grupo), su desarrollo y conclusión no dejan dudas sobre el posicionamiento
crítico que adoptan sus creadores respecto a la célebre red social.
Y es
que no hace falta escarbar demasiado para certificar que The Social
Network es una película sobre la soledad. La mirada cercana al film nos
revela la soledad del triunfador -asistimos a un cuento moral sobre el precio de
la avaricia-, mientras la mirada lejana nos revela algo más. De hecho, puede que
Sorkin y Fincher hayan dado con el “Rosebud” de nuestro tiempo, aquella palabra
que en boca de Charles Foster Kane representaba la humanidad perdida en su senda
de poder y triunfo. El “Rosebud” de The Social Network no es
una palabra, sino una tecla en la que el drama de Zuckerberg invoca una
aflicción casi universal, un desamparo global: la compulsión solitaria del [F5].
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